Volcán Lautaro y cordón Mariano Moreno: doble ascenso en el Hielo Patagónico Sur

El prolífico explorador chileno Pablo Besser (integrante de la expedición Transpatagónica 1998) nos comparte el relato en primera persona sobre su última expedición a Campos de Hielo Sur, concretando su proyecto iniciado hace una década. Pablo es además médico traumatólogo y asiduo colaborador de Andeshandbook.


Hace hartos años que quería subir el volcán Lautaro.

“Lautaro para los amigos”.

Ya por el año ’95 me acuerdo de la conversación por radio con el alemán Arved Fuchs. Él cruzaba el campo de hielo desde el Norte; yo, formaba parte del equipo estaba en la falla de Reichert explorando una pasada para él. Aún escucho esa radio HF de pésimo audio: “Pablo, estamos a los pies del volcán Lautaro…”, con un acento alemán fuertísimo.

Recuerdo de la expedición de 1996. Primer intento al volcán Lautaro.

Esa comunicación radial se hizo imagen real cuando, tanto el año 1996 como el 1998, intentando hacer el cruce longitudinal del campo de hielo, pasamos y acampamos a los pies del dichoso Lautaro. Lejos estaba en mi mente el intentar subirlo en esas ocasiones; estábamos concentrados solo en hacer la travesía y no había intención ni tiempo de hacer ascensiones.

Pero eso cambió.

El inicio de un desafío

En 2016, cumpliendo 20 años de la primera tentativa propia de hacer el cruce del Hielo Sur, me embarqué junto a Max Villar, un joven montañista y guía que se me apareció una vez por las redes sociales. Luego de un par de salidas en modo examen, nos animamos a intentar el Lautaro. Esta montaña de 3.609 metros, según nuestro GPS, debería ser la tercera montaña más alta de la Patagonia, después del San Valentín (4050 m) y el San Lorenzo (3690 m).

Pues bien, no es una montaña técnica, pero sí de largo acceso. Está al medio del Hielo Patagónico Sur, sector norte, frente al Fitz Roy, a unos 30 km de cualquier acceso, sea por el Este o por el Pacífico.

Tiene una historia interesante. Fue bautizado por el padre Agostini a principios del siglo pasado. No se sabía que era un volcán hasta que hallazgos del glaciólogo Lliboutry supusieron la existencia de un volcán en la zona, pero no fue hasta un intento de ascensión infructuoso de Eric Shipton que se pudo comprobar que el Lautaro es el volcán perdido de Lliboutry.

En 2016 con Max Villar entramos al Hielo Sur por Villa O’Higgins, navegando el lago y luego subiendo por el costado del glaciar para alcanzar el cómodo refugio de la Dirección de Aguas (DGA), ubicado en el nunatak del O’Higgins. Desde ahí, en un día, alcanzamos su base e hicimos un buen intento de ascensión. Sin embargo, las dimensiones del cerro nos jugaron en contra: son 2100 metros de desnivel desde donde se puede ubicar un base, ya que más adentro en la ruta no hay lugar seguro, y unos 12 kilómetros de recorrido. Pues bien, ese año llegamos al portezuelo cerca de la caldera del volcán, pero aún nos quedaban algunas horas y, desde el Pacífico, entraron nubes que amenazaron con tapar todo, por lo que desistimos del ascenso. Después, en los varios días siguientes, no se despejó nunca.

Max Villar en un primer Intento al Lautaro, año 2016

Una segunda oportunidad…

Pasaron un par de años y en noviembre de 2022, con Tomás Torres y Elvis Acevedo, ingresamos nuevamente por el glaciar O’Higgins e hicimos otro intento al Lautaro. Llegamos a su base y al día siguiente no nos dio ninguna opción. Así nos movilizamos a otro sector más al norte para ascender otra montaña.

La tercera es la vencida

Con todas estas pasadas por su base e intentos, ya tenía algo personal con el volcán. Este año 2025 organicé mi actividad patagónica nuevamente con miras en el Lautaro. Así contacté a algunos amigos, después se bajó uno y al final quedé con Elías Lira para intentar en una fecha de finales de octubre por tres semanas. Con Elías habíamos subido el San Valentín en noviembre del 2011.

Pero esta vez preferí ir por Argentina, como para variar el paisaje, además de ser posiblemente más rápido y económico también. Volamos un lunes 27 de octubre a Buenos Aires y de ahí directo a Calafate con bolsos, esquís y trineos. Harta carga para dos solamente.

El 28 salimos en una camioneta directo a Chaltén, donde pasamos primero por Guardaparques. Ya habíamos hecho el trámite, llenado el formulario online de actividades en montaña, y proseguimos sin ninguna dificultad al trámite en Gendarmería, donde nos darían el papelito amarillo en cuadruplicado, donde constatamos que salimos de Argentina para ingresar a Chile por el supuesto paso Marconi.

Fácil y bonito.

A mediodía la camioneta nos dejó en el puente del río Eléctrico con toda nuestra carga. Armamos las mochilas, más esquís, más trineos, más bolsos en un bulto impresionante y, para sorpresa mía, aun así podíamos caminar, y enfilamos por el valle del Eléctrico, a paso de tortuga.

Impresionantes mochilas cargadas por los expedicionarios

A los 30 minutos pasamos por la portería Eléctrico donde deberíamos mostrar nuestro pase online, pues ahora hay que pagar para hacer cada sendero… No había nadie, así que nos sentimos doblemente estafados, pues sí lo habíamos pagado. En 3 ó 4 horas alcanzamos el refugio Piedra del Fraile, donde hicimos camping y pagamos la correspondiente cuota. ¡Cómo ha cambiado todo!

El 1 de noviembre alcanzamos el refugio Eduardo García Soto. A García, un personaje, lo conocí por el año 95. Gran montañista.

Me atrevería a decir que fue uno de los mejores montañistas chilenos de su generación, con numerosas actividades en Patagonia, Tierra del Fuego y los Andes centrales, como los de Rancagua: escaladas alpinas que varias aún no conocen repetición (Casa de Piedra, Alto de la Mama, etc.).

Este refugio, abierto y de libre uso, fue construido por el Instituto de Campo de Hielo con aportes gubernamentales y ahora bajo control de CONAF y uso ocasional de Carabineros. Bueno, al llegar no había nadie y nunca llegó nadie, así que no pudimos pasar la copia del papelito amarillo de fronteras.

Refugio Eduardo García Soto construido por el Instituto Chileno de Campos de Hielo.

Al día siguiente bajamos por una carga de equipo y regresamos al refugio. Así, en siete días exactos, logramos estar en la planicie del hielo desde Santiago. Probablemente lo mismo en tiempo desde O’Higgins, así que se podría decir es casi lo mismo… pero acá al menos eliminas el barco y la incertidumbre de si navegara o no por el famoso mal clima del lago O’ Higgins

Nuestra idea era el Lautaro y para eso partimos con comida y equipo para 20 días. Es imposible moverse o hacer una expedición de más días sin tener que recurrir al porteo, es decir, subir y bajar varias veces para ir moviendo la carga, siendo con buen equipo ultraliviano y comida espartana 20 días el límite para moverse de una sin requerir porteos, pero por terrenos sencillos, pero para eso es indispensable  haber ya dominado el delicado arte de ir con lo justo.

Uno de los campamentos protegido del viento patagónico.

Antes incluso de volar a Calafate, teníamos un pronóstico de la página noruega de meteorología www.yr.no que nos decía: el 4 ó 5 de noviembre vendría bueno. Un día. Solo eso necesitábamos. Y con esa fecha en mente entramos al hielo apurando lo más posible.

Y llegó el día

La entrada por Marconi no es simple. Antes se hacía por el glaciar Marconi, un ascenso simple. Hoy se dejó de lado porque el glaciar desapareció y se asciende por una laguna lateral, la Laguna de los 14. Se rodea el Lago Eléctrico y hay una tirolesa muy bien instalada que permite cruzar el río, donde está encajonado en paredes de granito. Todo eso salió bien pese a la carga y el viento que en la laguna nos dañó la carpa, pero igual pudimos alcanzar el cerro en los tiempos estimados para así, por una vez en la vida, llegar con la ventana de buen tiempo.

Campamento en la laguna de los 14.

Cuando se arman viajes así, con meses de anticipación y fijando fechas fijas, el si te toca o no la ventana es cosa de suerte. Por eso trato de ir por algo más de tiempo para que hayan más oportunidades de encontrar una y porque el tiempo de estadía en montaña también es parte del placer de ir. No hay nada como perderse tres semanas en la montaña.

Poco a poco se van cayendo las capas civilizadas y queda lo que hay debajo: el animal. La naturaleza debe gozarse con tiempo, no con itinerarios programados ni ajustados. Y si hay mal tiempo, pues un buen libro lo arregla todo. En este viaje fue el tercer tomo de la vida de Julio César; él conquistaba la Galia mientras nosotros subíamos el Lautaro.

Tirolesa instalada en río Eléctrico.

El miércoles 5 de noviembre era el día. Salimos temprano, 3 a.m., de noche, con una luna llena impresionante sobre el hombro del Lautaro, el valle de acceso, iluminado. Muchas grietas, pero con esquís y paciencia fuimos subiendo.

Mucho frío, pero el movimiento constante lo mantenía a raya. Unos descansos cortos, su trago de té del termo caliente, y a seguir.

La luna se ocultó por el cerro. Algo más oscuro, hasta que en un punto dejamos los esquís por ser poco prácticos por las grietas. Seguimos siempre encordados. Amanecía lentamente a nuestras espaldas, se empezó a perfilar la silueta del Fitz Roy, Cerro Torre y toda esa cadena montañosa; decirle hermosa le queda chico.

Alcanzamos a las 8 a. m. la angostura antes de la pala final. Esta angostura está rodeada de seracs y grietas transversales. Ya varios otros intentos de ascenso se detuvieron acá. Por eso elegimos esta fecha; más al verano posiblemente no se pueda subir y en invierno los días son muy cortos. En el 2016 casi no habían ni seracs, ni esas grietas transversales, los cerros están cambiando muy rápido. Sorteamos la angostura, siempre vigilando los seracs a la izquierda que estaban amenazantes. Después viene una gran pala de nieve, asciende sus 600 metros de desnivel continua, exigente y eterna.

Pablo Besser rodeado por un Campo de Hielo al amanecer.

Cuando partimos, la noche estaba desplegada y tranquila. Ya cerca de la salida de la pala empezaron a entrar nubes desde el otro lado, desde el Pacífico. ¡Qué rabia me dio y cierta angustia! Si eso aumentaba, perderíamos el cerro. Ya el 2016 había sido algo parecido.

Las presencia de nubes era inminente.

Seguimos subiendo sin descansos, salvo una que otra parada a beber o engullir una barra energética, hasta que la nube llegó.

Con mínima visibilidad, seguimos ascendiendo pues la pala era homogénea y sin desvíos, hasta que se aplanó y ya sabíamos que estábamos en la planicie del filo del cerro. Un filo que va a la cumbre, pero esta aún está bastante lejos, a unos 600 metros de desnivel todavía. Busqué mi teléfono donde estaba descargada la ruta y GPS, pero éste estaba congelado, se descargó con el frío. Elías tenía su GPS manual y este funcionaba, pero sin tener la imagen satelital sino solo las curvas de nivel, y con eso seguimos negociando la ruta.

La visibilidad no era la deseada, pero a ratos soltaba un poco.

Entramos a terreno de hielo, hongos de hielo por todos lados, esas otras formaciones en el suelo llamadas “alitas de ángel“, unas incrustaciones de hielo que solo hacen más miserable el ir encordados pues la cuerda insiste en engancharse en todos lados. Fueron un par de horas recorriendo hongos y pasadas. En ocasiones dudamos de la ruta o se veía mala, con pasadas peligrosas hacia el otro lado del cerro. Corregíamos el rumbo por el GPS pero ya a esa altura dudaba que subiéramos el cerro. El reloj corría, aún era temprano, hasta que de a poco apareció parte del cerro entre nubes, en un ambiente muy dinámico. Aunque había poco viento, estas se movían, disipaban y volvían nuevamente, pero en ese ir y venir se intuía mejor la ruta hasta que llegamos a la base del domo antes de la cumbre.

Las famosas “alitas de ángel”.

Pensé que por la izquierda un corto rapel nos dejaría al otro lado, pero era muy complejo, así que se desechó.

Al fondo de repente apareció como otro cerro, otra montaña lejana, y le digo a Elías que esa es la cumbre. Él me insiste que no puede ser, que está muy lejos, que es otro cerro. Rodeamos el domo y desde ahí vimos la caldera de la cumbre y sí, estábamos bien, y el cerro lejano era el reborde norte de esta caldera, había que subirlo.

Seguían apareciendo montañas y cumbres que nos hacían dudar de la verdadera.

El pegue definitivo

En modo casi automático seguimos rodeando y avanzando para bajar en un par de pasos de hielo cortos a la planicie de la caldera.

Esta planicie es una circunferencia de unos 600 metros de nieve rodeada por un reborde que al sur es el dichoso domo que habíamos subido y rodeado por su vertiente este, y el reborde norte, más alto, es la verdadera cumbre. A ambos lados, este y oeste, está roto o desaparecido el reborde, cayendo 2000 metros a ambas vertientes.

Cruzamos lentamente la planicie y retomamos el ascenso por el reborde norte, hielo roto, alas de ángel y varias grietas tipo rimayas que en verdad eran cavidades producto de afloración de calor y gases volcánicos que derriten el hielo y forman estas cavernas donde varias veces casi nos caímos, evitándolas con mucho cuidado.

En una hora llegamos a la cumbre, eran dos domitos, siendo el de más al Este el mayor.

Eran las 14:00 hrs. Llevábamos 11 horas de ascenso continuo. Había poco viento, cosa muy grata pues habitualmente estas cumbres son ventosas.

¡Cumbre al fin! Elías y Pablo caminaron 11 horas contínuas para llegar.

Me senté en un costado mirando todo el Campo de Hielo Patagónico hacia el norte, despejado, impresionante. Emoción, agradecimiento, esfuerzo, tensión, todo en uno. Me acordé del San Valentín.

También me hizo llorar al llegar a su cumbre. “Cerro de mierda“, cuántos viajes e intentos. Montañas patagónicas, como dijo Shipton, hay que tener una cierta dosis de masoquismo para intentarlas.

Yo diría tenacidad. Insistir nuevamente. Al final, la ventana de buen tiempo te tocará algún día.

Pablo Besser en éxtasis luego de alcanzar el objetivo.

Fotos de rigor, panorámicas y videos, subimos a la cumbrecita, un buen abrazo y paramos un rato antes de bajar. Elías sacó unas frutillas en conserva y unos quesitos, ¡jaja, qué buenos estaban!

Elías Lira en la foto cumbrera de rigor.

Todo lo que sube tiene que bajar

El regreso, ya con visibilidad, sabíamos sería largo, pero tranquilo. Modo automático, encordados siempre. Cruzamos la caldera del volcán, evitamos las rimayas gaseosas y subimos el domo para caer al filo cumbrero que baja hasta una especie de portezuelo que lleva a la gran pala. La bajamos, pasando por la angostura de los seracs y grietas, todo estaba tranquilo como diciendo: “Ya pasa, te jodí tantas veces que te lo mereces”.

Más tarde, cayendo la tarde, pillamos los esquís y de ahí al campamento. Este, con el calor, estaba con su muro en el suelo, levantamos la carpa pues la dejamos desarmada por precaución y al saco de dormir. Agotados. Nos hidratamos, comimos, tomamos un par de tramales y a dormir.

Otra vez campamento, esta vez disfrutado con un aire distinto.

Amaneció lindo. con un sol. Hermoso y sin viento.

Ese 6 de noviembre leí como Julio César construyó un puente sobre el río Rin pasando a las tierras germanas. Recorrió un poco, no encontró ningún germano y regresó destruyendo el puente. Le preguntaron para qué lo construyó entonces y respondió: “Pues para demostrar que yo sí puedo cruzar el Rin, límite natural con los bárbaros germanos, pero estos no pueden cruzar a Roma“. Nosotros ya habíamos cruzado nuestro río. Ahora lo que viniera era de yapa. Regalado. Sin nota, como dicen en el colegio.

El regreso también es una aventura

El 7 de noviembre salimos con todo: equipos, trineos, cuerdas, etc., rumbo al sur.

La siguiente gran montaña de Campos de Hielo Patagónico es el enorme macizo del Cordón Mariano Moreno. Una cadena de montañas de hielo y nieve principalmente que, como un pulpo, se extiende en el centro de la meseta, alimenta el glaciar Viedma al Este y el glaciar Pío XI al Oeste, y su mayor cumbre, el cerro Perito Moreno. Ese era nuestro objetivo.

Acampamos al comienzo del paso Moreno en la meseta de los 4 glaciares, que es un amplio paso entre los dos cordones, el Lautaro y el Moreno.

Somos ínfimos rodeados de montañas.

Al día siguiente subimos a los pies del cerro Moreno acampando en un lugar con vista privilegiada, al Norte todo el Lautaro por su vertiente sur. El altiplano Caupolicán hacia el Pacífico y el Moreno al sur.

Otro objetivo a la vista

El 8 volvió a amanecer despejado, salimos nuevamente de la carpa a las 3:00 a. m. con una noche aún iluminada por la luna. Una noche calma mientras con esquís subíamos por una pendiente larguísima hacia el Moreno. Fueron 8 kilómetros recorridos en la noche, justo llegamos al término de esa rampa cuando amanecía con un rojo furioso que iluminaba detrás del grupo de Fitz Roy y cerro Torre.

El glaciar Viedma apareció a los pies del cerro y al fondo el lago homónimo. Ahí ya con sol dejamos los esquís y pasamos a subir por la rampa en dirección a la lejana cumbre, con crampones.

Saliendo de la carpa a las 3 de la mañana con la luna aún iluminando.

La altura del cerro y su ubicación enfrente del grupo Torre le dan una perspectiva increíble, como un balcón a gran altura para gozar de la vista de esas montañas.

¿Una primera ascensión?

Alcanzamos a las 9 a. m. la cumbre, pequeña con hielo y las famosas “alitas de ángel” que a esta altura eran odiadas. Sin embargo, grande fue la decepción al notar que era solo una antecumbre y atrás, unos 400 metros más lejos, luego de una moderada bajada, estaba la cumbre real. Con paciencia y resignación bajamos al vallecito y empezamos a ascender la cumbre. Al final no era tan lejos como pareció y nos encontramos a las 10:30 a. m. en la cumbre del cerro Mariano Moreno, primera ascensión chilena y posiblemente primera vez que se encadenan en una expedición las dos mayores cumbres de Campos de Hielo Sur.

Hongos de hielo, alitas de ángel y de fondo el macizo del Fitz Roy

Nos tomamos nuestro tiempo comiendo y tomando fotografías. Al Sur el cerro seguía en una serie de cumbres verticales y agudas como un espinazo, Punta Brava, Dos Cuernos, Dos Cumbres, etc., todas ellas cúmulos increíbles de hongos de hielo.

Hacia el Pacífico se veía el glaciar Pío XI y su llegada a los fiordos chilenos; al Sur la continuación de Campos de Hielo Patagónico en el glaciar Upsala, alcanzando a verse el lago Argentino o el cerro Murallón y Don Bosco como parte de los cerros del cordón Risopatrón, de la falla de Reichert.

Incluso el macizo del Paine algo se vislumbraba. Al Norte, el Lautaro, aún con una luna alta ya algo menguante y, sin olvidar, el Torre y sus agujas satélites hacia el Este.

Campos de Hielo nos regala impresionantes imágenes que parecen sacadas de Marte.

Luego de una hora iniciamos el retorno, llegando en un par de horas a los esquís y de ahí seguimos bajando siguiendo parte de las huellas dejadas en la madrugada. El calor era insoportable, a ratos tuvimos que sacarnos la mayor cantidad de ropa posible y aplicar crema y gorros, pues la radiación era intensa. A una hora de llegar al campamento se me rompió una fijación de randoneé, por lo que debí caminar hasta la carpa y ahí la pude reparar de manera provisional.

El tiempo nos acompañó con un buen sol sobre nuestras cabezas … y sin viento.

La retirada… al refugio

Al día siguiente el clima cambió, el sol ya no estaba, fue un día nublado que anunciaba ya el fin del buen clima.

Casi lo agradecimos, pues tanto sol llega a ser pesado. Partimos rumbo al refugio García, sabiendo que entraba un sistema frontal intenso. Incluso se pronosticaba en el hielo más de 600 centímetros de nieve en un día; no sabíamos si eso se cumpliría, pero preferimos estar en el refugio por si eso ocurría.

Pablo Besser en un perfecto día de cumbre
Elías Lira en un perfecto día cumbrero

Fueron 24 km en línea recta con algunas buenas bajadas hasta llegar a los pies del nunatak donde está el refugio y subimos esa eterna pendiente del paso Marconi para pasar una vez más al refugio. Aún teníamos esperanza de que pudiéramos intentar otro cerro, el Gorra Blanca, sin embargo el clima fue de mal en peor y no hubo opción.

Unas semanas antes de nuestro viaje unos helicópteros de la FACH tuvieron un accidente en el sector, eran parte de una operación logística grande de la FACH en preparación para la Antártica. Un helicóptero cayó por el sector y no sabíamos dónde estaba. Al regreso a Santiago una nota periodística me dio luces que posiblemente estaba en las faldas del mismo Gorra Blanca.

Revisando mis imágenes lo logré ubicar, un punto negro, evidentemente un helicóptero con las ruedas hacia arriba, volcado. Si hubiéramos subido el cerro o intentado, lo habríamos pasado por el lado, pues está en ruta y a solo 3 horas del refugio, ¡qué sorpresa habría sido!

Siempre encordados, aunque el terreno estuviera lleno de “alitas de ángel” que nos enredaban.

La retirada real

Luego de 2 días en el refugio, el 13 de noviembre bajamos con todo a cuesta, ya algo más livianos por la comida consumida, pasamos por un paso Marconi muy ventoso, luego la salida del glaciar que había perdido mucha nieve y aparecieron grandes lagunas donde antes solo eran neveros.

Pasamos por la Laguna de Los 14 y seguimos.

Un poco antes de llegar a la tirolesa en el valle del río Eléctrico hay un buen refugio privado forrado en lata de la misma empresa que maneja el refugio de Piedra del Fraile y otros. Está aún en construcción, pero esta vez estaba con gente. Pasamos a saludar y tres argentinos que trabajaban ahí nos recibieron e invitaron a almorzar con ellos. Luego de un rato de conversar y algunos vasos de vino, la conversación nos llevó a que yo debía bajar para una fecha, el lunes 17, pues en Calafate estaba invitado a dar una charla de la expedición Transpatagónica en la que cruzamos el Campo de Hielo Sur entero el año 1998.

Los Macizos Fitz Roy y cerro Torre.

Pues bien, ahí uno resultó que me conocía y resultó ser Sebastián de la Cruz, notable alpinista argentino que participó de una expedición española el 92 donde hicieron un extenso cruce del mismo hielo patagónico. Fue una grata sorpresa y un almuerzo muy simpático. Nos despedimos y seguimos bajando, algo desbalanceados por el vino, pero ya en la tirolesa estábamos recuperados.

Esa tarde llegamos muy agotados al refugio del Fraile, pero como no teníamos dinero para pagar y poner la carpa, seguimos unos 30 minutos más y al lado del río, bajo un bosquecillo de coihues, armamos carpa mientras fuera llovía de lo lindo. Por la noche empezaron los truenos y sus rayos que iluminaban todo el valle.

Por suerte estaban lejos, pero nunca me había tocado rayos en las tormentas patagónicas. Si ese es el futuro que traerá este cambio climático, será preocupante.

De vuelta a la civilización

Al día siguiente, bajo la misma lluvia, llegamos al final del sendero. Nuevamente, la caseta de control del sendero estaba deshabitada. Nuestro transporte estaba ahí puntualísimo y regresamos a Chaltén. Primero, a dejar la mojada hojita de papel autocopiativo amarillo, prueba de nuestro paso fronterizo, que fue recibida sin ninguna emoción por el gendarme. Y nos dijo: “Ya, eso es todo, hasta luego”.

De ahí pasamos donde los guardaparques, y les contamos que ya salimos, cosa que tampoco les impresionó mucho. Cuando pregunté por si aún existía un libro donde anotar las actividades de montaña hechas en el parque —que sí existía el 94, donde estuve escalando el Fitz Roy. Recordé los varios tomos de libros con las rutas, topos y relatos, verdaderas joyas de los registros de tantas ascensiones increíbles—, pues bien, ahora no existía. La joven guardaparques con toda inocencia me sugiere que lo escriba en el libro de sugerencias… Me fui inmediatamente, apenado, ya nada es lo que fue.

Cuando hablábamos en el refugio de lata, con Sebastián de la Cruz, quien ascendió el Fitz Roy a los 16 años, el Torre, el K2, Polo Sur, etc., un tipo que seguramente pasó muchas temporadas de su juventud en los campamentos que había a los pies del Torre y del Fitz Roy, que a mi también me tocó conocer y compartir el 94 y otras temporadas más, pues bien, me dijo que eso ya no existe, que fueron prohibidos y las antiguas cabañas, construidas con verdadero arte por muchas expediciones simplemente eliminadas, “que esa vida hippie que conocimos ya no existe”…

¡Qué pena! Hoy se vive y duerme en el pueblo, se espera el meteo pronosticado con exactitud y se parte a la montaña, pero ya no se vive en ella.

Pues estas semanas que relato, sí vivimos en la montaña, carpa a cuestas como un caracol y su casa, disfrutando de una ventana climática soñada y subiendo las mayores moles de Campos de Hielo Patagónico Sur, el volcán Lautaro y el Mariano Moreno, teniendo la inmensidad del hielo para nosotros solos.

Recorrido realizado por los expedicionarios en Campos de Hielo Sur – Noviembre 2025.