Guanacos en los Andes Centrales: cuando el invierno los empuja hacia la ciudad

El guanaco está de vuelta en el valle del Aconcagua. Después de décadas en retirada, su población ha aumentado de forma sostenida en los últimos años. Pero las rutas ancestrales que usaba cada invierno para bajar en busca de alimento, hoy están fragmentadas, cortadas por caminos y cercos de alambre de púas, pobladas de perros y amenazadas por la caza furtiva.

Desde el Centro de Rescate de Fauna Andina, CEREFAN San Felipe, Maximiano Lemaître te cuenta por qué este regreso es una buena noticia que todavía podemos echar a perder.


Cada año, cuando la nieve comienza a cubrir la cordillera de la región de Valparaíso, manadas de guanacos inician un descenso que comenzaron sus ancestros hace siglos, usando los mismos caminos. Es una ruta migratoria, grabada en la memoria colectiva de la especie, que baja desde las alturas de los Andes hacia sectores donde la nieve no cubra su alimento.

El problema es que esa ruta ancestral ya no está vacía. Hoy se cruza con parcelas, caminos, casas, perros y kilómetros de cercos de alambre de púas que se instalaron sin pensar en la fauna silvestre.

Foto por: Ismael Berwart Morales

Pero antes de hablar del problema, hablemos de la buena noticia, porque sin ella el resto no se entendería. Desde aproximadamente el año 2018, la población de guanacos en la región de Valparaíso ha presentado un aumento sostenido. Después de décadas de declive por la presión ganadera en la alta cordillera y la cacería ilegal, la especie está recolonizando un territorio que había perdido.

¿Por qué está pasando esto? Confluyen diversos factores. El cambio climático y la sequía, junto a fluctuaciones de mercado, han llevado a una disminución considerable de la ganadería en la cordillera de San Felipe y Los Andes, liberando las vegas altoandinas que sustentan al guanaco y por las que antiguamente debía competir. Otro factor clave en este renacer ha sido la existencia del Parque Andino Juncal: el proteger un hábitat real, un espacio sin ganadería ni intervención humana, dejando que la naturaleza tome el control, demostró algo que pareciera cumplirse siempre en fauna silvestre: si a la especie en cuestión le devuelves su hábitat, la población, en este caso de guanacos, responde.

Nunca se fueron del todo, solo hacía falta dejarles un lugar donde vivir tranquilos. Ellos se encargaron del resto.

Esta es una de las pocas historias de recuperación de fauna nativa en Chile central que se puede contar con verdadero optimismo y que debiera servirnos de ejemplo para orientar nuestros esfuerzos de conservación: el primer paso debe ser restaurar el hábitat.

El problema es que este optimismo tiene un cuello de botella muy concreto: el invierno y la bajada de los guanacos.

Esto no es un fenómeno nuevo. Ya en 1782, el sacerdote y naturalista Juan Ignacio Molina (el primer naturalista chileno) describía en su Ensayo sobre la Historia Natural de Chile cómo miles de guanacos migraban cada invierno desde la cordillera hacia el valle central, huyendo de la nieve. Esto significa que la bajada invernal del guanaco es un comportamiento documentado desde antes de que existiera toda la infraestructura rural que hoy se interpone en su camino. El guanaco no está haciendo algo nuevo ni invadiendo territorio ajeno. Estamos nosotros ocupando, sin saberlo, un antiguo corredor biológico.

El guanaco no improvisa este camino cada temporada: usa el mismo corredor que usó el año anterior, y el anterior a ese. El problema es que en estas últimas décadas este corredor biológico se ha ido llenando de parcelas, caminos y cercos sin que nadie haya pensado en dejarle, al menos, un paso.

El efecto lo podemos apreciar de manera práctica en la clínica de CEREFAN, y lo vemos temporada tras temporada. Son principalmente dos, que además están relacionados entre sí.

Gentileza CEREFAN

El primero, y probablemente el más grave en términos de mortalidad, son los perros. Y aquí quisiera hacer una precisión, para derribar una idea equivocada: no son perros asilvestrados sin dueño. La mayoría de los ataques son de perros con dueño, que viven en parcelas y sectores rurales del valle, y a los que no se mantiene encerrados ni controlados.

Sueltos, en grupo, estos perros actúan como una jauría, persiguiendo al guanaco, lo acosan hasta el agotamiento y lo atacan. Las lesiones por mordedura habituales que vemos en rehabilitación son desgarros musculares, fracturas, miopatía, en muchos casos incompatibles con la sobrevivencia del animal, muchas veces muriendo en el lugar o debiendo ser eutanasiados.

Guanaco afectado en el Centro de Rehabilitación de Fauna Andina. Gentiliza CEREFAN.

El segundo problema es el alambre de púa. Y se relaciona con el anterior porque  muchas veces el guanaco termina enredado en un cerco justamente porque venía huyendo de perros. Un animal acostumbrado a correr por su vida en la cordillera escapando del puma, no espera esta trampa invisible y mortal. No están adaptados evolutivamente para esquivar cercos, y menos bajo estrés extremo. Las heridas que provoca el alambre de púas son profundas, sucias, y muchas veces alcanzan tendones o articulaciones. Un animal que llega a nuestro centro con una laceración de este tipo tiene un pronóstico complejo y, en el mejor de los casos, largos periodos de rehabilitación.

A esto se suma la caza furtiva. Está prohibida por la Ley de Caza, pero existe: hay quienes se organizan específicamente para salir a cazar guanacos, aprovechando lo extenso y poco fiscalizado del territorio cordillerano. La fiscalización la realizan dos funcionarios del SAG en un territorio enorme, en una geografía compleja y peligrosa. Eso hace que este problema, aunque menos visible que los anteriores, siga presente.

En los años que llevamos trabajando con guanacos hemos aprendido que es una especie resiliente, que no necesita que lo rescatemos constantemente, solo necesita un espacio donde vivir y multiplicarse, y que dejemos de ponerle obstáculos en el camino que ya sabe recorrer.

Ahí es donde, como centro de rescate y como comunidad cordillerana, todavía estamos al debe. El desafío central es construir corredores biológicos reales para estos períodos de bajada invernal: franjas de paso donde el guanaco pueda cruzar sin toparse con alambre de púas ni con perros sueltos, conectando la alta cordillera con las zonas bajas donde puede alimentarse en invierno.

Esto no es solo un proyecto de ingeniería del paisaje. Empieza con decisiones simples que están al alcance de cualquier persona que viva o tenga una parcela en zona de paso.

Lo primero, y más urgente, es controlar a los perros: mantenerlos dentro de la propiedad siempre, pero especialmente entre mayo y agosto, cuando la nieve empuja a los guanacos hacia el valle. Si se resuelve esto, buena parte de los enredos en cercos también desaparecería.

Gentileza CEREFAN

Lo segundo es reemplazar el alambre de púas por alternativas menos lesivas donde el guanaco cruza. No hace falta sacar el cerco completo: basta con cambiar el material o modificar su diseño en los tramos que coinciden con la ruta de bajada. Entre las opciones que se usan en otras zonas de Chile y Argentina donde conviven cercos con camélidos silvestres están las mallas o cercos lisos (sin púas) en el hilo superior, que es donde ocurre la mayoría de las lesiones; también, marcar el alambre con cintas, boyas o platos visuales de colores que lo hagan detectable a distancia y, donde sea posible, cercos removibles o portones que se abran durante los meses de bajada invernal. Ninguna de estas soluciones exige reemplazar kilómetros de cerco de una vez: se puede empezar por los puntos críticos donde ya sabemos, por experiencia de temporadas anteriores, que el guanaco cruza.

Max revisando a un guanaco afectado por los problemas descritos. Gentileza CEREFAN

También hace falta educación ambiental, sostenida y territorial: que las comunidades que viven en la ruta de bajada sepan que no es una anomalía ver guanacos cerca de sus casas en invierno, que entiendan qué hacer y qué no hacer si se cruzan con una tropilla, y que conozcan el rol que juegan sus propios animales domésticos en esta historia.

Pocas veces la naturaleza nos da segundas oportunidades tan claras como esta. El guanaco prácticamente había desaparecido, y volvió a la región de Valparaíso casi por sí solo cuando le devolvimos parte del espacio que necesitaba. Ahora la pregunta es si el valle del Aconcagua (parceleros, vecinos cordilleranos o quienes transitamos y disfrutamos esta cordillera) vamos a estar a la altura de este regreso, o si vamos a dejar que el alambre de púas, los perros sueltos y la caza furtiva lo echen a perder.

Foto por Ismael Berwart Morales

Desde CEREFAN seguimos recibiendo, temporada tras temporada, a los guanacos que no lo logran, y tratamos de mostrar estos casos para que la comunidad se haga consciente del problema y trabaje para que cada invierno la ruta esté un poco más libre que el anterior. Y ojalá algún día no tengamos que recibir ningún guanaco después de las nevazones.


Maximiano Lemaître Palma es médico veterinario (Universidad de Chile), Diplomado en Cirugía de Animales Pequeños (Universidad Católica de Temuco). Perito judicial de la Corte de Apelaciones de Valparaíso y de Santiago. Fundador y Presidente de la Corporación, cirujano y coordinador del programa de rehabilitación intensiva del centro