El gobernador Claudio Orrego subió al cerro El Carbón y encontró la cumbre llena de basura. Vladimir Pastén —docente y maestro de No Deje Rastro— parte desde esta anécdota para plantear una tesis incómoda: las jornadas de limpieza en los cerros no resuelven nada, mientras no cambiemos la conducta que genera el daño. Según el autor, el problema no es la mala intención de algunos visitantes sino el desconocimiento , y por eso la salida es educar, no sancionar.
Una de las actividades que más le gusta realizar a Claudio Orrego, Gobernador de la Región Metropolitana, es el senderismo por zonas naturales. Este gusto se refleja en que, en sus distintos roles de autoridad, ha apoyado iniciativas en la región tales como la creación del Parque Quebrada de Macul, el proyecto Andes Santiago, la creación de refugios de montaña, mejoras en infraestructura en espacios naturales, impulsado el futuro Parque Tupungato y el patrocinio de programas educativos al aire libre, entre otras iniciativas.

En una de sus caminatas recientes, el gobernador ascendió un cerro muy visitado de la ciudad de Santiago, el Cerro el Carbón, y al llegar a la cumbre, se encontró con un espectáculo tan triste como llamativo: basura desperdigada, bolsas plásticas, papeles higiénicos, envoltorios de dulces, entre otros desechos. La guinda de la torta fue el encuentro in fragranti de un grupo de jóvenes haciendo una fogata con ramas de la escasa vegetación del lugar.
Esta situación de degradación ambiental observada por el gobernador no constituye meramente un hecho aislado de incultura ciudadana, sino que se configura como un problema público propiamente tal. Según Olavarría Gambi (2007), una situación alcanza esta categoría cuando presenta carencias objetivas que afectan el bienestar o el medioambiente y, simultáneamente, actores con poder e influencia la califican como inaceptable.

Los impactos ambientales son recurrentes en espacios naturales con alto número de visitas. Ejemplos críticos son el Cerro el Plomo, donde todos los veranos los voluntarios del grupo CAPS retiran 100 kilos de desechos desde 2011; el Cajón del Maipo, con toneladas de basura recolectadas por ‘Conciencia Ambiental’; y el Mirador de Cóndores, marcado por amenazas constantes a la fauna silvestre.
Esta realidad impulsa masivas jornadas de limpieza en costas y humedales, destacando el ‘Desafío Limpiemos Chile’, que convoca a miles de voluntarios para mitigar daños que, lamentablemente, persisten en cada temporada. Esta problemática, genera degradación de los suelos, impactos en la cubierta vegetal, impactos a la fauna silvestre, contaminación de las aguas, integración de micro plásticos en los ciclos naturales, entre otros. Esto termina impactando a los servicios ecosistémicos que nos permiten mantener nuestro nivel de vida (Sendero de Chile, 2013).

En este sentido, las jornadas de limpieza no atacan la raíz del problema, sino que, con la mejor de las intenciones, refuerzan un círculo vicioso donde la labor de unos permite que otros continúen degradando el entorno. Sin un cambio de conducta, estas acciones solo despejan el espacio para nuevos impactos. Esto no significa que quienes dejan su basura, o causan impactos ambientales realizando actividades recreativas al aire libre lo hagan de manera intencional. En mi experiencia, en gran parte de los visitantes existe la conciencia de evitar daños ambientales, pero no siempre estos visitantes tienen la educación ambiental adecuada a la actividad o sencillamente no saben los impactos que provocan las acciones que realizan creyendo que pueden ser inocuas o incluso beneficiosas.

El auge del turismo de naturaleza en Chile ha impulsado una estrategia estatal integrada para conciliar el desarrollo económico con la conservación ambiental (Guala & Pearce, 2019). El reto central de esta política es armonizar objetivos en tensión: fomentar la competitividad y el acceso ciudadano a áreas naturales, asegurando simultáneamente la protección de la biodiversidad y el uso responsable de los recursos.
La implementación de esta estrategia involucra a múltiples actores públicos y privados. El Servicio Nacional de Turismo cumple un rol clave en la promoción y el desarrollo del sector; el Ministerio del Medio Ambiente define los lineamientos de protección ambiental; el nuevo Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas fortalece la gestión y conservación de las áreas protegidas; y la Corporación Nacional Forestal ha desempeñado históricamente un papel fundamental en la administración y el uso público de parques nacionales, reservas nacionales y monumentos naturales. A ello se suman los municipios, las organizaciones comunitarias y los operadores turísticos, quienes materializan estas políticas en los territorios mediante la planificación local, la prestación de servicios y la educación de los visitantes. En conjunto, este sistema busca consolidar un modelo de turismo que contribuya simultáneamente a la conservación del patrimonio natural, al desarrollo económico local y al bienestar de las comunidades vinculadas a los destinos turísticos.
Este enfoque se ha expresado en diversos instrumentos de política pública implementados durante las últimas décadas, entre los que destacan la Política Nacional de Turismo, la Estrategia Nacional de Turismo, la Estrategia Nacional de Turismo Sustentable, la Ley N.o 21.600 que crea el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP) 1, la Política Nacional de Áreas Protegidas, los Planes de Uso Público de parques y reservas nacionales, las Zonas de Interés Turístico (ZOIT), la Estrategia Nacional de Biodiversidad, la Política Nacional de Educación para el Desarrollo Sustentable y los programas de Turismo Sustentable impulsados por SERNATUR. En conjunto, estas iniciativas reflejan el esfuerzo del Estado por integrar conservación, desarrollo económico y turismo responsable, aunque persiste el desafío de traducir estos lineamientos en cambios efectivos y permanentes en el comportamiento de los visitantes. Esto se evidencia en los impactos ambientales que, en vez de recuperarse, se ven aumentados o persisten.
Pero entonces, si Chile tiene un marco de políticas públicas para promover el turismo sustentable y la conservación, lo que ha llevado a generar una institucionalidad que incorpora criterios de sustentabilidad en los territorios ¿Cómo se puede explicar la brecha existente entre los objetivos de estas políticas y el comportamiento de los visitantes que no necesariamente reflejan estos criterios?

Según Olavarría Gambi (2007), bajo el enfoque de implementación ‘abajo-arriba’, este proceso no es una obediencia mecánica, sino un escenario complejo donde actores activos (visitantes y guías) pueden neutralizar directrices ajenas a sus motivaciones. Esta brecha persiste porque los lineamientos jerárquicos no logran permear efectivamente la base social, supeditando la conducta a percepciones individuales antes que a la normativa oficial

Según Guala Catalan & Pearce (2019), esta configuración responde a la Ley 20.423, la cual redistribuyó los roles institucionales para separar la formulación de políticas de su implementación, buscando resolver problemas históricos de coordinación y efectividad bajo los principios de la Nueva Gestión Pública. Este sistema busca consolidar un modelo que equilibre la protección del patrimonio con el bienestar de las comunidades
En mi propia experiencia, en casi dos décadas guiando grupos de senderismo en diversos ecosistemas de Chile, dictando cursos, participando en conferencias y capacitaciones sobre el programa de No Deje Rastro (NOLS, 2003) he constatado que la mayoría de las conductas que generan impactos ambientales —como abandonar senderos, alimentar fauna silvestre, portar y usar elementos sonoros, extraer elementos naturales o dejar residuos (Sendero de Chile, 2013) no responden a una intención deliberada de dañar el entorno, sino al desconocimiento de las consecuencias ecológicas que estas acciones producen. También el marco y los lineamientos institucionales llegan muy escasamente o no llegan a los visitantes finales porque, en mi experiencia, están enfocados en las empresas de turismo y en los guías más que en el público en general que, muchas veces, realizan actividades autoguiadas, siendo el caso de los impactos con los que se encontró el Gobernador de Santiago en su incursión al Cerro el Carbón.

Si el problema fuera sólo la mala intención, para llegar a la solución bastaría con aumentar las sanciones de estas acciones, pero si el problema es el desconocimiento, entonces la respuesta debe ser la educación. Ya existen programas educativos sobre Mínimo Impacto Ambiental para actividades al Aire Libre, como por ejemplo, No Deje Rastro (NOLS, 2003) (Sendero de Chile, 2013), los cuales pueden ser de un gran aporte para modificar comportamientos y conocer los impactos ambientales que causan nuestras acciones en los espacios naturales.
Buscando soluciones
En atención a lo expuesto, y como propuesta de mejora, se plantea la creación de un Programa Nacional de Educación para Visitantes de Áreas Naturales, concebido como una política pública permanente que complemente los actuales esfuerzos de conservación y turismo sustentable. Su propósito sería incorporar la educación ambiental como un componente esencial de toda experiencia turística en espacios naturales, mediante la capacitación obligatoria de operadores y guías en interpretación ambiental y principios de No Deje Rastro, el desarrollo de material educativo digital y el fortalecimiento de la interpretación del patrimonio en senderos y áreas protegidas.
De esta manera, se buscaría promover cambios reales en el comportamiento de los visitantes y fortalecer una cultura de corresponsabilidad con el entorno. Esta política debiera ser comandada por un comité interministerial a cargo tanto de SERNATUR, como del Ministerio de Medio Ambiente y el Ministerio de Educación.
Por ejemplo, ya existe el programa de No Deje Rastro dentro de la malla curricular escolar, pero, en mi experiencia, esta no se lleva a cabo, entre otros factores, por los recursos que implica realizar salidas al aire libre y también por los riesgos que esto pueda significar, para minimizar estas trabas, la capacitación no solamente debiera involucrar a los profesionales del área del turismo, también a los profesionales de la educación, y en ese sentido, los docentes de educación física pueden ser el reflejo fiel de esta política.
Además, con el fin de medir la efectividad de esta política, se debiese incorporar indicadores que evalúen no sólo el crecimiento de la actividad turística, sino también la calidad del comportamiento ambiental de los visitantes.

Tradicionalmente, los indicadores se han concentrado en variables como el número de visitas, pernoctaciones, ingresos económicos o satisfacción. Se propone incorporar indicadores que permitan medir el comportamiento ambiental de los visitantes y el impacto de los procesos educativos, tales como la reducción de residuos, disminución de infracciones, conocimiento adquirido sobre biodiversidad y patrimonio local, la participación en acciones de conservación y el grado de apropiación de buenas prácticas ambientales.
Asimismo, la incorporación de herramientas de ciencia ciudadana, aplicaciones móviles de aprendizaje gamificado con recompensas por conductas responsables, certificaciones para visitantes frecuentes y sistemas de retroalimentación en tiempo real permitirían convertir cada experiencia turística (guiada o autoguiada) en una oportunidad de aprendizaje y conservación. De esta manera, el éxito de una política pública comenzaría a evaluarse también por la calidad de la relación que esas personas establecen con el territorio que recorren.
Quizás, con una política que sea capaz de llegar a los mismos visitantes de áreas naturales, en un futuro las iniciativas de limpieza y orden lleguen a ser innecesarias.
Vladimir Pastén es docente de Turismo en INACAP, guía de naturaleza y Maestro No Deje Rastro, con amplia experiencia en educación al aire libre, liderazgo, interpretación del patrimonio, gestión de riesgos y turismo sostenible. Ha liderado durante años experiencias formativas en entornos naturales, promoviendo la conservación del patrimonio natural y cultural mediante metodologías de aprendizaje experiencial. Su labor combina la formación de futuros profesionales del turismo con el diseño de actividades orientadas al desarrollo de competencias técnicas, liderazgo y responsabilidad ambiental. Actualmente cursa el Magíster en Gestión e Innovación en Turismo, donde profundiza en la investigación sobre innovación educativa, sostenibilidad y la integración estratégica de tecnologías emergentes para fortalecer los procesos de enseñanza y aprendizaje. Su trabajo busca contribuir al desarrollo de un turismo más responsable, innovador y comprometido con las personas, el territorio y la conservación de la naturaleza.
Bibliografía
- Guala Catalan, C., & Pearce, D. G. (2019). Changes to the national institutional framework for tourism in Chile: the use and impact of evaluation reports in the policymaking process. En K. Andriotis, D. Stylidis, & A. Weidenfeld (Eds.), Tourism Policy and Planning Implementation: Issues and Challenges (pp. 115-139). Routledge.
- Olavarría Gambi, M. (2007). Conceptos Básicos en el Análisis de Políticas Públicas. Instituto de Asuntos Públicos, Universidad de Chile.
- Olavarría Gambi, M., Navarrete Yáñez, B., & Figueroa Huencho, V. (2011). ¿Cómo se formulan las políticas públicas en Chile? Evidencia desde un estudio de caso. Política y Gobierno, 18(1), 109-154
- NOLS. (2003). THE LEAVE NO TRACE MASTER EDUCATOR HANDBOOK / Leave No Trace Center for Outdoor Ethics
- Fundación Sendero de Chile. (2013). Huella leve: Manual de ética al aire libre. Fundación Sendero de Chile.