Álvaro Quilodrán es un montañista y escalador local de Pucón. Guía del volcán Villarrica e instructor, en esta oportunidad, comparte su experiencia descubriendo el volcán Quinquilil—una montaña que ha explorado, escalado, equipado, limpiado y estudiado durante los últimos 10 años.
Mi primer ascenso al Volcán Quinquilil (2.052m)fue en el invierno de 2015, junto a Grace Olave, Nicolás Estrada y Osiel Aqueveque. Recuerdo una aproximación larga y exigente hasta la base, seguida de tres largos que finalmente nos llevaron a su cumbre principal.
Más que una escalada, fue el inicio de una conexión profunda con esta montaña.

Aproximación por sendero Mirador del Quinquilil. Foto por Juan Cristóbal Hurtado.

Desde aquella primera experiencia, volví casi todos los inviernos. No siempre logramos alcanzar la cumbre; las condiciones muchas veces nos obligaron a retroceder. Pero incluso en esos intentos incompletos, el Quinquilil nos seguía enseñando.
Con el paso de los años comenzó a crecer una inquietud constante: ¿cómo sería esta montaña en verano? Existían algunos ascensos primaverales, por ejemplo, los de Carlos Baeza, explorador y amante de la montaña, quien ha recorrido varias veces estas paredes, pero prácticamente no había información clara sobre una ruta estival. Lo único que se comentaba era que la roca debía ser bastante descompuesta.
Motivados por esa incertidumbre y el deseo de explorar, en enero de 2022 decidimos ir a investigar este picacho junto a Richard Monsalve y William Montaña. Nos aproximamos por el sendero clásico hacia el Mirador del Quinquilil y, después de un par de horas, llegamos a la base del cerro.

Optamos por una pequeña canaleta ubicada a la derecha de la ruta clásica invernal. Tal como imaginábamos, encontramos abundante roca suelta y una línea muy sucia, producto del escaso tránsito en ausencia de nieve. Aun así, logramos completar tres largos y alcanzar la cumbre: una escalada fácil, pero compleja debido a su suciedad. La sensación fue increíble: una montaña completamente distinta a la que conocíamos en invierno, con otra personalidad y otra forma de escalarla.

En esa ocasión solo encontramos antiguas estacas y cordines que habían quedado de temporadas anteriores. No existía una línea clara, limpia ni segura. Sin embargo, más que un obstáculo, aquello se transformó en una motivación.
Desde entonces seguí regresando en verano, cuando el tiempo lo permitía, limpiando poco a poco distintos sectores de la ruta. Cada visita significaba mover piedras, despejar, e imaginar la línea más segura.
Era un trabajo silencioso, constante, pero profundamente motivador.

En febrero de 2025, junto a Felipe Malverde, realizamos un avance importante. Instalamos una reunión en el segundo largo, justo en un punto donde encontramos restos de antiguos clavos y cintas que evidenciaban por dónde habían accedido hace bastantes años atrás. Decidimos equipar allí una reunión fija que, además de entregar mayor seguridad, permitiera un rápel mucho más directo hacia la base. Aprovechamos también de seguir limpiando distintos sectores, logrando dejar una línea considerablemente más segura y amigable. Aun así, sentíamos que todavía faltaba trabajo para realmente consolidar la ruta.

Investigando la historia del volcán llegamos a la historia de Emilio Frey, quien realizó el primer ascenso en el año 1897. Con esto obtuvimos una visión más clara de la ruta y comenzamos a seguirla tal como fue abierta originalmente
“…se debe mencionar la ascensión al agreste Pico Quinquilil (2.200 m?), vasallo del legendario volcán Lanín de Temuco, que fue realizada por el ingeniero Emilio Frey, posiblemente en verano de 1896-7. Frey era ayudante de la Comisión Argentina y es famoso por haber sido un propulsor entusiasta de la villa de montaña de Bariloche y, además, uno de los cuatro fundadores del Club Andino Bariloche (1931), decano de los organismos andinos del país hermano.”
Echevarría, Evelio, Chile Andinista: Su Historia. Talleres Gráficos Claus von Plate, 1999 (pág. 37).

Finalmente, en el verano de 2026, después de algunos intentos, logramos coordinar junto a Eduardo Retamales una ida a limpiar otro poco la vía. Invitamos además a Camila Guerra y Luciano Soto, formando dos cordadas motivadas y comprometidas con el objetivo.

Durante esa jornada instalamos una nueva reunión al final del primer largo, pensada estratégicamente para servir tanto a quienes ingresen por la izquierda como por la derecha, en condiciones de invierno o verano.

Entre todos continuamos limpiando extensamente el primer largo y su salida, además de remover varios bloques inestables en la parte superior de la ruta. Cada acción a ido transformando lentamente el Quinquilil en una escalada más limpia, segura y accesible para futuras cordadas.

También retiramos numerosas cintas, cordines antiguos y material deteriorado que ya representaban un riesgo, intentando dejar la montaña lo más limpia posible. En la cumbre dejamos una pequeña caja con un libro y un lápiz, buscando recuperar una tradición que para muchos montañistas tiene un valor especial: los libros de cumbre.

Más que un simple registro, representan memoria, historia y conexión entre quienes comparten la pasión por las montañas.
Aún quedan detalles por mejorar. Nos gustaría seguir limpiando algunas secciones y reemplazar el rápel de cumbre por una reunión fija más eficiente antes de que comiencen las nevadas. Ver cómo esta línea ha evolucionado con el tiempo, gracias a la dedicación y el compromiso, genera una enorme satisfacción.

Hoy, la ruta se ha convertido en una escalada tranquila, entretenida y muy disfrutable. Varias cordadas ya han accedido exitosamente por ella.
Más allá de la cumbre, lo más valioso ha sido el proceso: volver una y otra vez, trabajar en equipo, construir algo que pueda ser útil para otros y aportar al igual que muchos, al desarrollo de la escalada y el montañismo en nuestra zona.

El Quinquilil me enseñó que las montañas no solo se ascienden; también se cuidan, se trabajan y se construyen con tiempo, visión y pasión.
