Jennifer Herrera Urrutia es Ingeniera Civil, fotógrafa, artista visual y amante de la naturaleza. En este reportaje fotográfico, reflexiona sobre un rincón tan hermoso como olvidado, y que otrora fue un importante destino de montaña en la región de O’Higgins: las Termas del Flaco.
Realizó este fotoreportaje a partir de una experiencia personal en las Termas del Flaco, un lugar donde distintas capas del tiempo conviven de manera evidente. Allí, el calor que emerge de la tierra, las huellas fósiles impresas en la roca y la vida cotidiana de los arrieros del valle se entrelazan en un mismo paisaje y distintas épocas.
En la cordillera de los Andes, en la provincia de Colchagua, a poco más de tres horas de Santiago de Chile, las Termas del Flaco ofrecen algo más que aguas termales. En este rincón de montaña, donde los cerros parecen plegarse unos sobre otros y el río Tinguiririca acompaña el camino, la Tierra revela su memoria. Aquí, entre montañas, fósiles y pastos altos, el tiempo no avanza en línea recta: se superpone.
El camino hacia las termas asciende lentamente siguiendo la ribera del río Tinguiririca. Viajamos a finales de octubre, cuando la primavera todavía no se impone del todo y el paisaje vive una transición delicada. Los verdes jóvenes de las hierbas conviven con los tonos ocres de la montaña, las flores silvestres comienzan a aparecer tímidamente y las cumbres aún conservan rastros de nieve. A medida que avanzamos, el ruido de la ciudad
queda atrás y el entorno se llena de otros sonidos: el agua corriendo, el viento golpeando la ladera, insectos y aves marcando el ritmo del valle.

Llegamos un viernes antes del atardecer. El sol comenzaba a esconderse tras las lomas y una luz dorada cubría las pendientes. El silencio era profundo, interrumpido solo por la naturaleza que despertaba al final del día. Esa primera noche en la montaña siempre tiene algo especial: el cuerpo empieza a adaptarse, la respiración cambia, y uno entiende que ha entrado en otro tiempo.

A la mañana siguiente conocimos a Don Miguel Valdivia, un arriero de la zona que, junto a su familia, guiaba más de doscientos animales —ovejas, cabras, caballos y perros— hacia los pastos altos del verano. Venían llegando con camionetas cargadas de tablas, troncos, herramientas y todo lo necesario para levantar un corral y un pequeño rancho. Pasarían allí la temporada completa.
“Vamos a hacer queso de cabra y esperamos venderlo a los veraneantes”, nos contó Don Miguel mientras su hermano ordenaba los troncos. Su familia lo ayudaba con la construcción, pero serían solo ellos dos quienes se quedarían todo el verano en la montaña, cuidando los animales y produciendo queso.
Conversar con él fue como asomarse a otro tiempo.
Un modo de vida que persiste, que se adapta al ritmo del clima, de los animales y del territorio. Ver a los arrieros a caballo—desde niños de no más de diez años hasta hombres y mujeres mayores—, a los perros descansando atentos y a las cabras pastando tranquilamente, fue una escena que quedó grabada en mi memoria. En un mundo cada vez más acelerado, este equilibrio silencioso resulta profundamente revelador.

Desde el pueblo de las termas nace un sendero que asciende durante aproximadamente una hora por el costado de una quebrada. El camino sube de forma constante, primero acompañando el curso de agua y luego desviándose entre lomas cubiertas de arbustos bajos y hierbas verdes. Caminar aquí es también una forma de leer el paisaje: cada estrato de roca, cada color distinto en la montaña cuenta una historia.

Al final del trayecto aparece una gran laja inclinada, casi como una página abierta sobre la ladera. En ella se revelan decenas de huellas tridáctilas de dinosaurios, impresas con una claridad asombrosa. No son marcas abstractas: son pisadas reales, congeladas en el tiempo. Al caminar unos veinte minutos más hacia arriba, comienzan a aparecer fósiles de corales y, si se observa con atención, pequeñas conchitas y amonites.
Vestigios inequívocos de un antiguo mar que cubrió este lugar hace millones de años.

Frente a esas marcas silenciosas, uno entiende que la Tierra tiene memoria. Que el calor que sentimos bajo los pies no proviene solo de las termas, sino del planeta mismo, latiendo desde su origen. Aquí, el tiempo humano se vuelve pequeño. Lo que para nosotros es historia, para la Tierra es apenas un instante.

El regreso al pueblo fue tranquilo. Después de almorzar, nos dirigimos a las pozas termales. Sumergirse en el agua caliente, con vapor natural elevándose lentamente y una vista abierta a las montañas, fue la forma perfecta de devolverle calma al cuerpo tras la caminata. El calor afloja los músculos, la respiración se vuelve lenta y el paisaje vuelve a hablar, esta vez desde el descanso.
Mientras el vapor subía, pensé nuevamente en Don Miguel, en las huellas de dinosaurios, en los fósiles marinos y en el fuego que aún arde bajo los Andes. Pensé en cómo todas esas capas —geológicas, humanas, culturales— conviven en este valle sin necesidad de explicaciones.
En este rincón de la cordillera, la Tierra no solo guarda memoria: la muestra. Y al recorrerla con atención, uno aprende a escucharla.
Algunas excursiones que puedes hacer por la zona: