En este relato, Sebastián Vial nos cuenta su experiencia personal al enfrentar el desafío de subir por el día a la cumbre del Cerro El Plomo ( 5.424m, Región Metropolitana). Según el autor de este post, no hay que ser un atleta profesional para lograr esta hazaña. Te contamos cómo lo hizo.
Sebastián Vial (28) es un ingeniero comercial chileno que ama estar en la montaña y las visita como hobbie, periódicamente, ya sea caminando, escalando, en bici o esquiando.
Ficha de la ruta
- Cumbre: 5.424 msnm
- Ruta: Normal, desde La Parva y subiendo por Cancha de Carreras
- Distancia total: ~31 km ida y vuelta
- Desnivel positivo: ~2.000 m
- Tiempo total: 18 horas
- Hora de salida: 03:00 AM
- Hora de cumbre: 14:00 PM
- Hora de regreso: 21:00 PM
- Dificultad física: Alta
- Dificultad técnica: Baja, en condiciones estivales
- Exigencia general: Muy alta por altitud, duración y desnivel
- Época recomendada: Verano y otoño temprano
Hay montañas que parecen reservadas para otros
Para los más fuertes. Para los más rápidos. Para quienes llevan años acumulando cumbres, desniveles y récords en Strava; y durante mucho tiempo pensé que el Cerro El Plomo pertenecía a esa categoría.
Con sus 5.424 metros de altura dominando el horizonte de Santiago, El Plomo tiene fama de ser una montaña seria. No solo por su altitud, sino también por la longitud de la jornada, el desgaste físico y el respeto que impone su historia. Es la cumbre más emblemática de la zona central y, para muchos, una especie de examen final dentro del montañismo de iniciación.
Por eso, cuando decidí intentar subirlo por el día, la pregunta no era si la ruta existía. La pregunta era si alguien como yo podía hacerlo.
La respuesta terminó siendo mucho más interesante de lo que esperaba.

El mito del estado físico
Vivimos en una época donde pareciera que todas las actividades de montaña están dominadas por los extremos.
Videos de corredores que hacen cumbres en tiempos imposibles. Deportistas que encadenan desniveles gigantescos. Personas que parecen no cansarse nunca.
La realidad de la montaña es bastante distinta.
Subir el Plomo por el día exige preparación, pero no exige ser un fenómeno deportivo. Lo que realmente pide es algo mucho menos glamoroso: planificación.
Conocer la ruta. Entender la altitud. Llegar con una base física razonable. Saber cuándo avanzar y cuándo frenar. Llevar el equipo adecuado. Mantener la cabeza fría cuando el cansancio empieza a acumularse.
En otras palabras, exige criterio. Y eso fue justamente lo que descubrí durante esta salida.

Una jornada que comienza cuando la ciudad duerme
A las tres de la mañana partimos desde La Parva. Mientras Santiago seguía completamente apagado, nosotros comenzábamos una caminata que terminaría casi dieciocho horas después.
Las primeras horas transcurren entre senderos evidentes y un avance relativamente cómodo. El Refugio La Parva aparece con las primeras luces del día y, poco a poco, el paisaje comienza a abrirse hacia las grandes extensiones de altura que caracterizan esta ruta.
Cancha Carrera, el desvío hacia Leonera y Federación van llegando, uno tras otro. La sensación es engañosa. Todo parece avanzar rápido. Todo parece fácil. Pero El Plomo todavía está guardando sus cartas.
Donde realmente comienza la montaña
El cambio ocurre después del refugio Agostini. Hasta ese punto uno puede creer que está teniendo un gran día. Las piernas responden y el ritmo aún es bueno.
La cumbre parece cercana, hasta que aparece la altura. Sobre los 4.500 metros el cuerpo comienza a recordar que la montaña siempre tiene la última palabra. Cada paso exige más,
las pausas se vuelven más frecuentes, el aire parece insuficiente, la velocidad deja de importar.
Es aquí donde muchos errores se pagan caros.
Salir demasiado rápido durante la aproximación, descuidar la hidratación o llegar con una aclimatación deficiente puede transformar una jornada controlada en una experiencia muy desagradable.
Por eso la verdadera batalla del Plomo no es física. Es mental y consiste en aceptar que habrá momentos donde el avance será lento y que eso está perfectamente bien.

El valor de tomar buenas decisiones
Una de las lecciones más importantes que me dejó esta montaña es que el rendimiento no depende únicamente de la condición física, depende también de las decisiones. Elegir correctamente la línea del acarreo.
Encontrar el traverse en el momento adecuado, administrar los descansos, comer antes de tener hambre y abrigarse antes de tener frío.
La montaña recompensa esas pequeñas decisiones una y otra vez.
Y castiga con la misma constancia los errores aparentemente menores.
Quizás por eso el montañismo sigue siendo una actividad tan fascinante: no gana necesariamente el más fuerte, muchas veces gana el más paciente.
La Pirca del Inca y el último esfuerzo
Después del traverse aparece uno de los lugares más simbólicos de toda la ruta: la Pirca del Inca. A esa altura ya se han acumulado muchas horas de marcha y más de cuatro mil metros de altitud bajo los pies.
La cumbre parece cercana, pero aún no lo está.
El último acarreo termina siendo el tramo más duro de toda la jornada, ya que la pendiente aumenta, el terreno se vuelve más suelto, la fatiga ya está instalada y la altitud hace que cada metro cueste más de lo que debería.
Es probablemente el lugar donde más personas descubren que el desafío del Plomo nunca estuvo en la distancia.
Estuvo en la perseverancia.

Una cumbre para deportistas, pero no de élite
A las dos de la tarde llegué a la cumbre. No rompí ningún récord.
No hice un tiempo extraordinario, no protagonizaré ningún video viral de rendimiento.
Y justamente por eso esta experiencia vale la pena contarla.
Porque demuestra que muchas veces los límites que creemos tener están más relacionados con nuestras percepciones que con nuestras capacidades reales.
El Plomo sigue siendo una montaña exigente. No es una caminata ni una salida improvisada.
No es un cerro para subestimar, pero tampoco es una cumbre reservada para una élite deportiva.
Con preparación, entrenamiento progresivo, aclimatación adecuada y buenas decisiones, es un objetivo perfectamente alcanzable para muchos montañistas aficionados.
Quizás esa sea la gran enseñanza que me dejó esta jornada. La montaña no te exige ser extraordinario.
Te exige respeto.