Cerro El Plomo desde cumbre del cerro Bismarck. Paulo Cox, 4 de marzo 2018.

El ‘Plomo’.
Santuario,
panteón de cóndores y príncipes.
No volverá tu nombre andino desde el arrecife de la aurora humana del valle que riegas. ¿Habrá sonado como el chiflón de los dedos del cóndor cuando flota sobre la espuma de tu cabecera de hielo y roca?
¿o como el murmullo de las vertientes plateadas que horadan como venas abiertas tu ancho regazo de espolones de piedra?
¿o como el retumbar seco y resquebrajado del peñasco de laja que tumbando sortea el despeñadero?
¿o como la voz ahogada y susurrona del hermano domador de guanacos tutelares?
No volverá tu nombre desde el tiempo subterráneo.

 

 

Declaro de entrada que el pasaje que escribí arriba hace un tiempo atrás, evoca a propósito algunos pasajes del ‘Alturas de Machu Pichu’ de Neruda en su Canto General. Algunas pocas frases son textuales. El motivo es apoyarme en el poeta y la fuerza elocuente de su voz en el ‘No volverás’ del ‘Alturas’, para inspirar la invitación que extiendo sobre el nombre del cerro El Plomo en las próximas líneas. 


Afirmándome entonces de Neruda y sus sentencias en el ‘Alturas de Machu Pichu’, y à propos del niño del Plomo ---que es, junto a su descubrimiento por una partida de arrieros en la cumbre misma del Plomo (a 5424m de altitud), el año 1954, tal vez el evento más importante que haya ocurrido en el valle del Mapocho en los últimos cinco siglos---, una pregunta muy sencilla cae de cajón: ¿Cuál fue el nombre de esta cumbre en la lengua de quienes lo erigieron como Apu (guardián en Quechua) del valle de Santiago? ¿Qué nombre le pusieron los Incas del valle del Mapocho, en su voz Quechua, al Plomo?

Como los Incas no desarrollaron un sistema de escritura, no es posible saberlo directamente. De ahí el ‘No volverá tu nombre desde el tiempo subterráneo’. Por otro lado, los conquistadores españoles, que respetaron gran parte de la toponimia que había en el valle del Mapocho antes de su llegada (Vitacura, Ñuñoa, Mapocho, Maipo, y un largo etc …), no parecen haber prestado suficiente atención a la inmensidad blanca del Plomo como para anotar en algún registro su nombre incaico (a la fecha no se ha descubierto escrito alguno conteniendo algo, o acaso pistas sugerentes, que den pie para conjeturas interesantes sobre el nombre). Ello a pesar de que la fundación por los incas de la ciudad del valle del Mapocho, y nuestra presencia y existencia en ella, se deban en gran medida a la presencia sideral del gran macizo andino. No había registro escrito de los incas, por un lado, ni estaba en la agenda de los prácticos y rudimentarios conquistadores, ni en la de sus agrimensores, averiguarlo, por otro. Como resultado, no ha sido posible dar con el nombre incaico hasta nuestros días.

Los incas tenían buenas razones y motivos para no ser muy entusiastas al respecto. Al ‘soplar’ o ‘pasar el dato’ sobre el nombre a los allegados europeos ponían en riesgo de usurpación y sacrilegio al lugar de emplazamiento del templo de altura y tesoros más sagrados de todo el Collasuyo en estas latitudes (fiebre del oro mediante).

Por supuesto que es posible hurgar en los archivos de los primeros años de conquista española, apostando por encontrar algún pasaje escrito que por accidente haya dejado impreso la voz, el sonido, con que los incas coetáneos de la partida de Valdivia, o sus descendientes más cercanos, llamaban al guardián andino. De acuerdo a entrevistas del que escribe estas líneas a expertos del Museo de Historia Natural de Chile, sin embargo, al menos durante los últimos 40 años se ha intentado, bajo diversas formas, estrategias y proyectos, dar con el nombre. En ninguno de estos intentos se llegó a destino. La tarea se asoma ardua y desalentadora.

Quiero aquí proponer un par de ‘rutas’ alternativas menos intrincadas que tal vez nos acerquen al nombre original. En el peor de los casos, incluso con solo intentar alguna de estas vías, habremos ganado mayor conocimiento de la historia de esta escultura natural tan imponente e inexorable para nosotros. El recorrido mismo de estas rutas, en mi opinión, parece bello y entretenido.

Una primera idea o propuesta es investigar la estructura de los nombres en voz Quechua que los incas le dieron a otras montañas sagradas, en otras latitudes. Existe un número grande de ‘Apus’ que han preservado su nombre original hasta nuestros días, especialmente en Perú. A modo de ejemplo, si la toponimia incaica de las montañas sagradas evocara algún elemento de la morfología o los colores de la montaña respectiva, podríamos conjeturar nombres plausibles a partir de la redondez y blancura del Plomo. Alternativamente, si los nombres hubiesen tenido origen en leyendas o la mitología incaica de habitantes conspicuos de la zona circundando la montaña, el ejercicio se volvería más arduo, pero no imposible. Habría en este caso que recurrir a las fuentes escritas describiendo las costumbres e historias locales de los pueblos aborígenes de la cuenca del Mapocho, que las hay. Una tarea que tiene valor por sí mismo, aun cuando no encontremos nada que nos dé pistas o conjeturas ricas sobre ‘El Plomo’.

Otra vía de apertura hacia un mayor conocimiento, comparado al que tenemos hoy, es explorar la hipótesis de que el nombre originario no haya sido incaico sino Picunche, o perteneciente a las voces de algún pueblo originario anterior. El Llullaillaco, por ejemplo, que tiene en su cráter cimero el enterratorio incaico más alto del mundo (a 6770 metros de altitud), es una voz Aymara que significa ‘agua caliente’ (lloclla: caliente + yacu: agua). Una pregunta natural que emana de este último hecho es si el nombre es reciente (en cuyo caso nos encontraríamos de nuevo una historia de desaparición del nombre incaico original, semejante a la del Plomo) o anterior al periodo de conquista incaica del país Aymara. En este último caso contaríamos con evidencia de que los incas habrían respetado y mantenido el nombre original de sus montañas sagradas, aun cuando estos no hubiesen sido voces incaicas. Ello sugiere que la búsqueda del nombre originario del Plomo podría partir por analizar la estructura toponímica de montañas del dialecto del pueblo Picunche o del Mapudungún directamente.

Hay una tarea incluso más simple y directa: ¿Cuál es el primer registro escrito del nombre ‘El Plomo’? ¿Cuál es la historia del nombre probablemente arriero o pirquinero del macizo? Dejo la invitación a participar de esta historia a todos los que somos hijos o amantes del valle del cual el Plomo es señor indiscutido. Al conocer más de él, sabremos más de nosotros mismos y nuestra historia.

 

Paulo Cox, julio 2019. @paulocox_andeshandbook